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Jul 2010 25

República bicentenaria (2)

Artículo publicado en la Columna Dominical Persé del Periodico El Mundo, de la ciudad de Medellín, el 25 de julio de 2010

La Junta de Gobierno celebrada el día 20 de julio de 1810 no fue distinta de las que se organizaron en la propia Corona -como reacción a la invasión napoleónica que concluyó con la abdicación de Rey Fernando VII en 1808-, con la finalidad de erigir una especie de gobierno visible y alternativo al del opresor francés, en el cual España y sus colonias tenían representantes en proporción de 9 por 36, lo que ahogaba cualquier posibilidad efectiva de reclamo o de atención por parte de la Corona.

Algunos historiadores encuentran en este propósito, el germen remoto de los sucesos del 20 de julio de 1810 y promueven la tesis de que en lugar de independencia, se reclamaba mayor participación en la toma de decisiones, especialmente en las concernientes al destino propio de la Colonia, de lo cual son vivos ejemplos los movimientos de 1809 en lo que hoy corresponde al territorio de Ecuador y Bolivia. En nuestro medio, la lista de promotores y líderes suele estar integrada por José Miguel Pey, Camilo Torres, Acevedo Gómez, Joaquín Camacho, Jorge Tadeo Lozano, Antonio Morales, entre otros, hasta llegar al sabio Francisco José de Caldas, a la sazón director del observatorio astronómico, convertido éste además, en sitio usual de congregación.

No faltó tampoco la ideación de las herramientas que permitirían el logro del objetivo. Quizá una de las más usuales y frecuentes en la historia de la humanidad, y este movimiento no fue ajeno a ello, fue el enrarecimiento del ambiente mediante consejas, comentarios difuminados, malquerencias personificadas, críticas al gobierno, señalamiento de debilidades administrativas, listado de reclamaciones populares insatisfechas, demandas inmediatas de respuestas de la Corona, y en fin, la alteración más o menos sistemática, con mayor o menor intensidad, del orden público.

Orden público que se alteraría con el bien premeditado incidente del Florero del español José González Llorente, todo un símbolo de la lucha popular y un magnífico ejemplo de sincretismo de una crisis social, pues en el subconsciente colectivo de los 200 años posteriores a la ocurrencia del hecho, en lugar de causas, antecedente, razones sociales, políticas o económicas, la generalidad del pueblo colombiano representa la gesta independentista en una frase: “el florero de Llorente”.

Los Historiadores personifican en Antonio Morales al criollo que serviría de mascarón de proa para tal propósito. En la literatura colombiana y más especialmente la antioqueña, algunos encumbrados autores atribuyen la reyerta a los malos humores del chapetón, fruto de una suerte afectiva adversa precisamente en la noche anterior, encontrando en ello la justificación de su negativa a prestar el adorno que engalanaría la mesa principal de la Junta de Gobierno.

No obstante, se ha hecho lugar común en nuestro medio la explicación según la cual, la solicitud de préstamo de los criollos fue denegada por González Llorente, sin mayor precisión sobre la naturaleza misma del bien, pues algunos aluden a un ramillete o un florero, que serviría de centro de mesa a Antonio Villavicencio. Igualmente, de no logar la reacción airada del español, se alentaría a que el sabio Caldas, quien estaría atento a pasar por la tienda de González, lo saludase, para que el propio Morales lo reprendiese por esa especie de traición a los intereses criollos. Parece ser que ambas cosas tuvieron lugar.

Asumida la suerte de la primera estratagema, y ante la justificada negativa de aquél, más por razones de deterioro físico y consecuente depreciación del objeto, -precisamente por múltiples préstamos- que por una verdadera animadversión hacia los criollos o falta de ánimo de colaboración, se encuentra en ello el motivo que servirá de chispa inicial. La razonable negativa desataría el agravio -injustificado por demás- hacia el español y el cargo infundado de que menospreciaba a Villavicencio y a los americanos.

Y así sucede. Se caldean los ánimos, los voces ganan intensidad en el tono, se lanzan improperios y pronto la situación gana nuevos espacios de la pequeña aldea, concita la atención de más habitantes y crece de manera súbita y generosa, aprovechando que es viernes, día de mercado, lo que garantizará la mayor y más frecuente afluencia de público, el cual esperan sumar a sus propósitos para lo cual la emocionada arenga del Tribuno del Pueblo invitando a aprovechar los “momentos de efervescencia y calor” para lograr concitar la atención de una población que empezó a lanzar vivas al Cabildo y gritos contra el mal gobierno.

La turba gana en emoción y las autoridades pierden control. La detonación del conflicto social se ha producido y su progresión no parará hasta consolidarse un nuevo estado de cosas, traducido en el antagonismo, la lucha de los intereses sociales, etc, dando lugar a unas nuevas relaciones políticas y a nuevas aspiraciones administrativas, cuyo decurso demandará procesos y retrocesos, tan propios de las causas sociales y tan inherentes a la historia universal, cuya mirada retrospectiva es a la que nos invita el Bicentenario.



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Blog del senador Eugenio Enrique Prieto

por

Eugenio Prieto Soto

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